—Pues entonces, ¿quién es ese personaje lúgubre y taciturno que nos alumbra á cada paso que damos?
—Ese —dijo aquí don Lesmes bajando la voz y frunciendo los ojos maliciosamente— es don Sotero Barredera, mayordomo de la señora, por de pronto.
—¿Por de pronto?... Pues ¿qué otra cosa es?
—Oiga usted, y perdone. Don Sotero fué procurador; y llegó aquí, su pueblo natal, hace algunos años, con un gaznápiro á quien llama sobrino, y otros tienen por hijo ilegítimo. Según lenguas, don Sotero se retiró á comerse lo ganado honradamente; y según otras, porque fueron tales y tan gordas sus demasías ejerciendo el cargo, que le fué imposible la residencia en la capital del partido. Créese que es usurero, porque alguno que le ha necesitado dejó entre sus uñas hasta la camisa. La verdad es, señor doctor, que las trazas no le abonan por rumboso ni caritativo. Tomándole por sus obras que se ven, santo debe de ser; porque, desde que apareció en el pueblo, no sale de la iglesia si no es para entrar aquí.
—¿No me ha dicho usted que doña Marta tenía mucho talento?
—Y lo repito.
—¿Cómo se explica entonces la confianza que ha puesto en ese hombre?
—Porque doña Marta, que siempre fué piadosa, desde que murió su marido llevó la devoción á lo más extremo; y, á mi modo de ver, la claridad de su entendimiento se enturbió bastante en lo relativo á cosas que con su manía se acomodaban. Hízose don Sotero presente en horas oportunas; y como doña Marta le veía confesar cada ocho días, y, en su fe y su bondad, no podía creer que hubiera hombre nacido, de entraña tan perra que fuera capaz de valerse de la Hostia consagrada para engañar al mundo, siendo además listo y advertido el hombre... fué entrando, entrando; y ahí le tiene usted.
—Corriente; pero hasta aquí, no se ve sino al mayordomo: ¿y lo demás?
—Lo demás, señor de Peñarrubia, lo iremos viendo poco á poco. Por de pronto, dícese que en el testamento de la señora...