—¿Luego, ha testado ya?

—¡Á buena parte va usted! Anteayer, apenas vió que la calentura apretaba, confesó y comulgó como una santa. Desde entonces, y por orden suya, puede decirse que no sale el cura de esta casa. En cuanto despachó el negocio del alma, llamó al escribano. Anduvo traficando en la operación don Sotero... y se dice si quedaron las cosas muy amarradas á su mano. Será ó no será; pero bien puede ser; y si fuese, lo sentiría por Águeda, que no le puede ver ni en pintura.

Calló aquí don Lesmes, y no dijo una palabra el doctor.

—¿Le parece á usted, compañero —manifestó éste al poco rato—, que tratemos exclusivamente de la enfermedad de doña Marta?

Don Lesmes se sintió crecer hasta las nubes al oirse llamar «compañero» por tales labios; pero le volvieron los trasudores al considerar que era llegado el trance negro. Hizo una solemnísima reverencia, y respondió:

—Los antecedentes que he tenido el honor de manifestar á usted, llevaban por objeto poner á su ilustrado criterio en condiciones de apreciar debidamente las circunstancias patológicas de la señora; circunstancias que pudiéramos llamar «de naturaleza» en ella. Ocho días hace, y estamos ya sobre el punto, me dijo doña Marta que su ordinario padecimiento se había agravado; el cual padecimiento era una dispepsia de carácter nervioso, como usted habrá comprendido por los antecedentes expuestos y el estado de la enferma.

Sonrióse el doctor, y continuó don Lesmes:

—Efectivamente; la enfermedad no había cambiado de naturaleza, aunque sí de intensidad: apetito nulo, pulso dicroto, sed ardiente y mucha pesadez de cabeza.

—¿Y cree usted que ese cuadro de síntomas acusaba el padecimiento ordinario?

—De fe, señor doctor, de fe. Dispuse inmediatamente la medicación: bebida á pasto.