—¿Qué bebida?
—Zaragatona: infusión reconcentrada, según mi fórmula número dos. Como era de esperar, cedió bastante la sed; pero quedaba en todo su auge la pesadez de cabeza, y, por consiguiente, la calentura no bajaba. La indicación era clara: fórmula número cuatro, en paños á las sienes y cataplasmas saturadas á la parte media posterior.
—¿Saturadas de qué?
—De zaragatona, señor doctor. Observé entonces que si bien el estado cerebral no mejoraba, el pulso se iba endureciendo, y la enferma comenzaba á encontrarse muy inquieta en la cama á consecuencia de un dolorcillo que se le presentó, pasante de pecho á espalda... Lo que tenía que suceder: aquel cuerpo no funcionaba en debida forma, y el flato dijo «aquí estoy;» pero yo, que conozco bien su táctica, le había tomado la delantera, y le salí al encuentro con toda la artillería de mis reservas, ó séase el clíster alternativo.
—No comprendo...
—Enemas del mucílago, alternadas.
—Por supuesto de...
—De zaragatona, señor doctor.
—¿Y con qué las alternaba usted?
—Con la poción... Y ya usted comprenderá que mi intento era coger al enemigo entre dos fuegos.