—Ó entre dos aguas; que para el caso es lo mismo.
—Exactamente; ó como llaman mis enfermos á este procedimiento, una de cal y otra de arena. ¡Ja, ja!...
Antójaseme que aquí se hubiera hecho el doctor unas cuantas cruces con los dedos, si hubiera podido acordarse de cómo se hacían: su expresión de asombro las estaba pidiendo como detalle necesario.
—Ya veo —dijo cuando don Lesmes acabó de reirse— que es usted hombre de sistema.
—Diez y seis años de experiencias asombrosas, señor de Peñarrubia —exclamó don Lesmes irguiéndose conmovido—, y otros tantos de desvelos estudiando las virtudes de esa planta maravillosa, puedo ofrecer en abono de él al protomedicato español. Así levanta lo que tengo escrito sobre la materia... Pero —añadió trocando su exaltación en abatimiento— un pobre cirujano de aldea, ya ve usted... ni influjos arriba, ni apoyos acá; ocho de familia; pocos recursos... ¡Ah! ¡si yo hubiera tenido la dicha de conocerle á usted cuando me hallaba en la flor de mis entusiasmos por el bien de la humanidad!...
—Señor don Lesmes —le interrumpió el doctor—, volvamos al asunto principal, que el tiempo apremia; y dígame qué resultado obtuvo usted con lo que llama su artillería.
—Á eso voy, señor de Peñarrubia —continuó don Lesmes, pasándose por los ojos un pañuelo de yerbas—. El resultado es precisamente el que yo no pude apreciar; porque habiéndosele presentado á la enferma una tosecilla con esputos sanguinolentos, y creciendo la calentura hasta el punto que usted ha visto, Águeda se alarmó, tiró al corral todos los preparados de mi específico, y tuve que recetar medicamentos más enérgicos, según la vulgar creencia. Quiso al mismo tiempo una consulta; propúsele varios facultativos, y para cada uno tuvo su tacha correspondiente. Como desde el primer instante puso el pensamiento en usted, todo le parecía poco. ¡Yo lo creo! Pero ella erre que erre, viendo cómo su madre se iba postrando; aventuróse, y felizmente le salió bien el intento. Verdad es que no hay modo de resistir el don de Dios que tiene esa criatura. Lo demás ya lo sabe usted. Sobre la mesa ha visto los medicamentos heróicos que dispuse al abandonar mi sistema, que para maldita de Dios la cosa han servido, si no es para infestar la casa. Conque, usted dirá.
—Pues digo, señor don Lesmes, respetando siempre su autorizado dictamen: primero, que la enferma tiene una pleuro-neumonía agudísima; y segundo, que sin uno de esos cambios súbitos, inesperados é inexplicables de la naturaleza, que ustedes llaman milagros, la enferma se muere.
—¿Cómo que se muere! —exclamó don Lesmes asombrado.
—Antes de dos horas.