El pobre cirujano, que quería mucho á doña Marta, se llevó las manos á la cabeza, diciendo al mismo tiempo con voz plañidera:

—¡Y yo que he estado entreteniéndole á usted con relatos del otro mundo!

—No le remuerda por eso la conciencia, señor don Lesmes —díjole el doctor con afabilidad—: lo único que podía disponerse, lo dispuse en la alcoba de la enferma. Aquí me ha dicho usted que lo relativo á su última voluntad está ya hecho. Ni un solo minuto ha perdido la ciencia desde que yo he llegado á esta casa.

Al decir esto el doctor, se oyeron en la sala pasos acelerados y sollozos comprimidos; se abrió la puerta del gabinete, y Águeda se lanzó dentro.

—¡Mi madre se muere! —exclamó con un acento que sólo cabe en un alma acongojada por el mayor de los dolores.

El doctor y don Lesmes se levantaron precipitadamente, y acudieron á la alcoba, no antes que Águeda.

El cura se vestía, acelerado, la sobrepelliz, y don Sotero le ayudaba; la niña, á quien despertaron los lamentos de Águeda y el ir y venir de las gentes, estaba aterrada y como presa de una espantosa pesadilla. Por consejo del doctor la sacó de allí don Lesmes. Los sirvientes de la casa iban llegando de puntillas y se apiñaban en la penumbra del gabinete, contemplando con asombrados ojos la triste escena que alumbraban las luces de la alcoba.

El doctor pulsó á la enferma, le levantó los párpados inertes, hizo, en fin, cuanto es de rúbrica en casos tales, y se retiró lentamente, como diciendo: «esta vida se acaba.» Entendiólo así el cura, y se dispuso á administrar á la moribunda el último sacramento con que la Iglesia ampara á los que espiran en su fe. Águeda cayó de hinojos ante el Crucifijo.

La cara de doña Marta se iba desfigurando por instantes. Lo rojo se trocaba en amarillo térreo y polvoriento; la nariz se afilaba; los ojos se hundían en sus cuencas, circuídas de una sombra plomiza; dibujábanse bajo la piel descarnada los pómulos y las mandíbulas; las ansias del pecho crecían, y el aire sonaba en él como si se agitara en la rugosa cavidad de un odre reseco.

Terminada la imponente ceremonia, el cura tomó otro libro que á prevención traía, y comenzó á leer con voz vibrante y solemne las oraciones para la recomendación del alma: acto más conmovedor aún é imponente que el anterior. Entre éste y el sepulcro, aunque cercano, cabe una esperanza de vida para el ungido; el otro tiene lugar sobre la fosa abierta, cuando el alma, desprendiéndose de su cárcel de barro, toca ya el pie de las gradas del Tribunal cuya justicia no se tuerce, y cuyos fallos se cumplen por los siglos de los siglos.