Á las palabras del sacerdote contestaban sollozos mal reprimidos. Águeda, decidida á recoger en su corazón el último suspiro de su madre, oraba reclinando su cabeza en el borde de la cama; don Sotero, hundiendo la cara entre las solapas del chaquetón, respondía en latín al cura.
Excuso decir que el doctor no se hallaba presente rato hacía.
Transcurrió otro no muy largo, y el cura leyó:
—¡Requiem æternam dona ei, Domine!
El estertor de la moribunda cesó por unos instantes; luego se oyó un quejido profundo y angustioso, como la explosión de un gran esfuerzo.
—¡Requiescat in pace! —dijo el cura.
Al mismo tiempo lanzó Águeda un grito desgarrador, y se abrazó al cadáver de su madre. Los sollozos, hasta entonces comprimidos, trocáronse en llanto ruidoso; moviéronse en desconcertado tropel las figuras vivas del triste cuadro alrededor del fúnebre lecho... y yo dejo aquí los pinceles, lector, declarando, en alivio de mi conciencia, que ni uno solo de los tristes pormenores apuntados en este capítulo, son de rigorosa necesidad en la presente historia. ¡Mira tú si hemos perdido el tiempo!