III

EL SOBRINO DE SU TÍO

Macabeo pasó la noche como un perro fiel á la vera de su amo. Ni siquiera se acercó á la lumbre para secar su ropa, ni se acordó de que no había cenado, ni el cansancio de la pasada caminata le pidió su medicina de sueño. La agonía de la señora, el dolor de sus hijas y el intento de servir de algo en aquéllas tan largas horas de desconsuelo, le absorbían la atención, y lloró como chiquillo cuando los lamentos de las huérfanas y de los criados le hicieron saber que el temido infortunio se había consumado. Después hincó sus rodillas en el duro suelo, y oró por el alma que estaba ya en presencia de Dios.

Calentaban los rayos del sol cuando el doctor bajó al portal con las polainas ceñidas y las espuelas calzadas; y ya Macabeo le aguardaba con el garrote en la mano, el caballo ensillado y el capote sobre el arzón. Con el desvelo y las lágrimas vertidas, tenía el pobre hombre los ojos como puños.

El doctor le miró con interés; y conociendo por las señales lo mucho que había padecido y lo poco que había descansado, dióle unas palmaditas en el hombro, y le dijo entre grave y chancero:

—Lo dicho, Macabeo: no sabes tú mismo lo que vales.

—¡Ni me lo miente, señor! —respondió Macabeo—; que cuando anoche andábamos en esas y otras tales, la señora estaba, aunque mal, entre los vivos; ¡mientras que á la presente!... Conque ¡arriba con el cuerpo, antes que el calor apriete!

Dijo esto asiendo con una mano el bocado del jamelgo, y con la otra el estribo del mismo lado, para que montara el doctor, y hasta creo que para que no le viera éste hacer pucheros.

Montó el doctor; y al ver que Macabeo se disponía á acompañarle, prohibióselo terminantemente.