—No lo consiento, amigo —le dijo—. Ni te necesito, ni aunque te necesitara lo consentiría.
—Tengo orden de acompañar á usté —insistió Macabeo.
—Y yo dispongo —replicó el otro— que descanses de las fatigas de esta noche. Conque lo dicho, y daca la mano.
—¿Para qué, señor?
—Para que la estreche la mía... Vamos, hombre; y cuenta que no lo hago con todo el mundo.
Como Macabeo vacilase, añadió el doctor sonriendo:
—Te aseguro que no quema, ni huele á azufre.
Atrevióse Macabeo, y dijo, mientras cruzaba su mano callosa y morena con la fina y blanca del doctor:
—¡No iba yo tan allá con el recelo, caráspitis! sino que bien sabe Dios que más certera la hubiera querido yo anoche.
—También yo, buen Macabeo; pero el trance era apurado, y yo llegué muy tarde. Ahora, ábreme la portalada; y hasta la vista.