—¡No quiera Dios que con igual motivo sea! —murmuró Macabeo, dirigiéndose á complacer al doctor.

Salió después á la calle para indicar á éste la dirección que debía seguir para llegar sin extravío al camino de la sierra.

Apenas el doctor se perdió de vista, después de doblar el ángulo de una calleja entoldada de bardales, apareció en ella un muchachón alto y desgarbado, con los labios muy gruesos, las cejas espesas y corridas, la tez morena, los pies anchos, planos y en escuadra, las piernas largas y desmadejadas, y cargado de hombros. Vestía traje de buen género, no mal hecho, pero muy mal colocado. Por el garrote que llevaba en la mano, lo sucio de sus zapatos, lo reluciente del rostro y el andar inseguro y despeado, se conocía que traía hecha larga jornada.

Reparó en él Macabeo, y exclamó dando un garrotazo en los morrillos de la calleja:

—Esto sólo me faltaba hoy, ¡caráspitis!... ¡Si lo digo yo! cuando el año está de piojos, no hay que mudar la camisa.

—¡Hola, Macabeo! —gritó al mismo tiempo el caminante, blandiendo el palo sobre la cabeza—. Acá estamos todos y ¡viva Valdecines! ¡Dios!

—¡Mal rayo te parta, animal de bellota! —murmuró Macabeo; y luégo dijo en alta voz—: El demonio me lleve si me acordaba más de tí que de la hora en que me han de enterrar.

—Se estima el aprecio, hombre —respondió el otro, ya junto á Macabeo, con su voz cencerruna.

—Pues mira, Bastián: naide te espera en el pueblo.

—Lo sé; pero yo he venido porque quería venir, ¡Dios! y el que no me vea de buen ojo, que le cierre.