—¿Dónde has pasado la noche?
—En Perojales, tan guapamente. Caía la tarde cuando llegué; amenazaba el trueno, y díjeme «no paso la hoz.» Narices tuve, porque aquello fué de lo poco que se ha visto.
—¡Qué lástima, hombre!
—¿De qué, Macabeo?
—De que te hubiera cogido la tormenta en aquella santimperie.
—Eso digo yo. Una desgracia sucede en un credo; y luégo... ¡Dios!... esta mañana madrugué, y aquí me tienes.
—¿Á pie has venido?
—Desde el tren, tan guapamente. El ahorro me sirvió para el pienso de anoche, y aún me queda grano... para lo que yo me sé.
—¡Y también yo, caráspitis!... ¿Por qué no pasaste la hoz?
—¡Otra te pego!... ¿No te lo he dicho?... Porque olí la quema.