—¿Cómo que pide iglesia, alma de Dios?
—¡Que quiere convertirse... aprender la doctrina y cuanto el señor cura crea conveniente enseñarle para su salvación!
—Vamos... usted no está hoy en sus cabales.
—Es tan cierto como la luz que nos alumbra; y no vea yo la de la mañana si miento en una tilde... Palabra por palabra podría repetir aquí todas las que se cruzaron en la conversación. ¡Pues poco asombro recibió el señor cura al oir la explicativa al mozalbete!... ¡El Señor me valga, qué garrido es y qué caballero! Bien dije yo siempre, que estampa tan maja no podía ser bocado del demonio. ¡Alabada sea por sinfinito la misericordia divina!
Don Sotero comenzó á revolverse de nuevo en la sala, y á lanzar el bufido que temblaban las paredes.
—Y ¿en qué paró la entrevista? —preguntó iracundo á la vieja, rascándose la cabeza á dos manos, sin dejar de pasearse.
—Pues paró, señor don Sotero... yo no sé en qué, porque cuando oí que la cosa iba muy seria y que estaban de acuerdo los dos en punto á hacer entrambos los posibles al auto de la conversión, retiréme sin esperar á la despedida, temiendo que me cogieran en el garlito... Y ¿qué me quedaba que oir ya, bendito sea Dios, después de lo que oí?... ¡Siglos, señor don Sotero, siglos se me hacían los minutos que pasaban hasta venir á dar á usted un alegrón como éste!
—¡Pues entienda usted —dijo don Sotero hecho una pólvora— que le recibo como un dolor de tripas!
—¡Ya me estaba á mí dando en qué pensar —replicó el ama del cura— la poca satisfacción que le salía á usted á los ojos, según yo iba haciendo el relato! Y ¿en qué puede consistir, señor don Sotero, que cosa tan en servicio de Dios no le regocije á usted el alma?
—¡En que la tal cosa tiene más de una cara, y en que usted sólo la ve por la más reluciente! —dijo el ex-procurador, resobándose las mal afeitadas barbas, y temblando de ira hasta por las ventanillas de la nariz.