En esto se acercó á la puerta del salón, y gritó con voz descompasada y rugiente:

—¡Celsa!

Y Celsa apareció en seguida, ahumada, sucia y medio descalza. Se cruzó de brazos al entrar en el viejo páramo; se arrimó á la pared, cerca de la puerta, y desde allí saludó con un gruñido y un gesto diabólico al ama del cura, que respondió en idéntico lenguaje. Colocóse Bastián entre las dos mujeres; y don Sotero, después de medir tres ó cuatro veces con agitados pasos lo largo de la sala en medio del mayor silencio, dijo al ama del cura:

—Repita usted, en las menos palabras que pueda, lo que acaba de contarme á mí.

Obedeció la buena mujer, muy descorazonada con el fatal éxito que había alcanzado su noticia; y cuando hubo concluído, dijo don Sotero con la mayor solemnidad:

—Público y notorio es en Valdecines que en vida de la señora doña Marta Rubárcenas fué ese hombre, que había logrado trastornar á Águeda la cabeza, despedido de aquella casa por hereje.

—Verdad es que así se ha dicho —murmuró Celsa.

—Algo he oído de eso —añadió el ama del cura.

—Pues yo, ni pizca —balbuceó Bastián.

—Muerta doña Marta —prosiguió don Sotero, taladrando á su sobrino con una mirada—, ese hereje volvió á entrar en la casa... ¡señal de que le abrieron las puertas manos que debían continuar cerrándoselas! De buena ó de mala gana, se le ha hecho saber que no puede lograr sus propósitos mientras no se lave las manchas de sus herejías; y hete aquí que el muy sinvergüenza acude al cura de Valdecines haciendo la pamema de que se convierte, para casarse con Águeda y llegar á ser dueño de uno de los primeros caudales de la provincia.