—Cansóse, la infeliz, de esperar á que la pidieras. Á Toña pudistes arrimarte, que ley te tuvo.
—Pues bien claro se lo dije, Tasia, y me cerró la puerta.
—Porque hablaste cuando ya Selmo estaba adentro.
—¡Qué quieres, Tasia, no sé llegar á punto y sazón!
—¡Y así te has de morir, meleno! ¡Bien te lo dijo Nisca!
—¡Otra que tal! Buscábame la poca hacienda que tengo.
—¡Y se arrimó á un venturado sin camisa!
—Es que cuando no hay lomo, piltrafas como.
—¿Hiciste tú más que suspirar delante de ella?
—Al buen entendedor...