—Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.

—¡Solita!

—¿Crees que me equivoco?

—¿No he de creerlo?

—Pues dame pruebas de ello.

—Ya te las estoy dando.

—Alejándote cada vez más.

—¿No me tienes ahora á tu lado?

—Después de seis días de ausencia.

—Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y conforta.