—¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!

—¿Volvemos á las lagrimitas!

—¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?

—¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?

—¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes, Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio, donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me conozcan á mí fuera de él.

—(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han de ir por sus pasos contados.

—¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y gozas y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si hasta de tu presencia me privas ya?

—Te he dicho que los negocios...

—¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?

—¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?