—Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.
—Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.
—¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!
—Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.
—Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!
—Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.
—¿Tampoco á ser desgraciada?
—¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?
—Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.
—Pero ¿cómo he de ponerle?