—Que cuando la necesidad me obligó á ponerme á servir, tuve que dejar ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.
—Nada más natural.
—Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y con ése cuidado, no vivo tranquila.
—Se comprende.
—Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido, y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque, créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo que crecen ya no las endereza una estaca.
—También es cierto.
—¡Hay tantos ejemplos de ello!
—No dejan de abundar, según dicen.
—Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que todos los hombres malos han sido niños mal educados.
—Tampoco lo niego, Regla.