—Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga la cara como un tomate.

—En fin... que venga.

—Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen corazón.

—Ni de mis fragilidades,—concluye Gedeón para sus adentros.

Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento, si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de tenerlos colgando muy á menudo.

—¿Cómo te llamas, hombre?—le pregunta Gedeón.

—Respóndele, hijo,—le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducibie.

—¿Cómo has dicho?—pregunta Gedeón.

—Mmmeeeeto,—gruñe otra vez el chico.

—Dice que Merto—añade su madre.—Le llamamos así, porque su nombre es Mamerto.