—¿Cuántos años tienes?—vuelve á preguntarle Gedeón.
El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no contesta.
—Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?... Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!
Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la jeta y échase á llorar.
Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra carlina de la calle.
Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto; crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, á instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis á su lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes.