LOS SOBRINOS DEL DEMONIO

Poco á poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella.

Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste con la catadura del rapaz.

Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya están limpias.

Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á la disimulada, le haga una mueca.

Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara con el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo, ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en aquel espacio.

Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se relame saboreándole, le regala un dulce.

De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto, llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva, tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede. Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco, echa cada terno que saca lumbres.

Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta el placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete mandándole que le enseñe los santos, ó la máquina del reló.