—Pues límpiate los mocos—le dice Gedeón.

—Puez amalda tú el peldo,—le contesta Merto.

Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.

Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo, considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso. Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son algunos ogros!) hacen desternillarse de risa al solterón.

Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar quién se cayó, recordando casualmente, en aquel instante, que el hijo de su criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y vasares.

Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se pone á morir; y casualmente en ese día no tiene Gedeón ganas de salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al pararse, por casualidad, delante de una tienda de juguetes, comprar para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le ha regalado cosa que valga media peseta.

Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar á su hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón amparando al delincuente.

—¿Á qué vienen esas violencias?—dice con mal gesto á Regla, mientras coloca á Merto detrás de él.

—Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!

—Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda y se le amoneste; pero...