—Como si predicara usted en desierto...

—Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...

—¡El loco con la pena es cuerdo!

—Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado, perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes, Merto?

Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su vez, le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una pantorrilla.

—¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?—exclama Regla, buscando iracunda á su hijo entre los faldones de la levita de su amo y las patas de la mesa.

—Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...

—¿Y también lo otro?—grita Regla.—¿Eso te han enseñado en esa casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien como esas indecencias, ¡Satanás!

Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina, administrándole por el camino media docena de sopapos.

—No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los chicos,—murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado muchas veces en cuestión tan transcendental.