Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro, por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va rascándose.

Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos. ¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.

Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero, no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.

Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado, ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro ratonero.

Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado, aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.

Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su caudal?

Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el corazón de su amo.