XVIII
LA GRAN BATALLA
Así las cosas, va rodando el tiempo.
Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo, temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va perdiendo en el cariño de éste.
Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.
Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.
Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la alimaña.
Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.
Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su gusto.