Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el ánimo para continuar la tarea.

Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia! allá dentro hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro. Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un chasquido metálico; luego un rischssss interminable, como ruido de puchero que se va sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los cadáveres.

Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de puntillas al gabinete.

Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria ha derramado por el mundo.

Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los estuches de carey, el barquito, ó junco filipino, de especias ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos candelabros de alabastro y metal dorado.

Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. Puede, impunemente, partirle de un varazo.

Entra y cierra la vidriera.

El ratonero no se mueve.

El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda describir sin tropiezo el arco necesario.

La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás del cogote, y... ¡zás!