Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.

Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada ardiente y rechinantes los colmillos.

Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y uno en Adonis.

Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado arriba libros y papeles.

Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace prorrumpir en una interjección brutal.

Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.

El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no ya una interjección, sino una blasfemia.

Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que, entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime tembloroso, como niño después de una azotina.