XIX
POST NÚBILA PHŒBUS
Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre varazo y denuesto.
Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.
Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su amo en el camino, por las calles más extraviadas.
Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.
Pero su amo llega antes que ella.
Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.