—¡Merto!... ¿no es verdad?—exclama al fin Gedeón, entre iracundo y triste, fijando su vista en la de Adonis.
Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:
—Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió todo esto!
—¡Preciso es convenir—exclama Gedeón, dándose por enterado,—en que no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!
En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse; y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de un amo tan generoso y tan bueno.
Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.
Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas. ¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido! ¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!
Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de quererle mucho, también le pregunta por Merto.
Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la ruega Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el chico haya tomado sentimiento por lo que se le ha castigado, y llegue á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende, bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.
Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.