—Pues si está arrepentido—dice Gedeón á Regla, antes de la semana,—perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá. ¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?
Pero Regla sigue implacable.
—Nadie sabe como yo—responde, con todas las necesarias salvedades de respeto,—lo que á ese chico le conviene.
Probablemente estará Regla en lo cierto.
Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del pícaro que á él le deslomó!
Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á su lado.
—¡La morcilla antes que eso!—debe de pensar el ratonero, si tal lee.