Tuya de corazón, más que nunca,
Solita.»
Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere, cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.
Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea hablarle.
Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo reverencias á Gedeón.
Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer, y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.
No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y la falta absoluta de vergüenza.
En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos, mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa que lo parece después de haber sido sombrero.
—¿Qué busca usted aquí?—le pregunta Gedeón en tono duro y ademán airado.
—Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar adelante; y eso he hecho,—responde el hombre con voz cavernosa.