Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas, por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse frente á frente los otros dos personajes de esta escena.

—¡Conque es usted don Gedeón?—pregunta el haraposo.

—Lo soy, ¿y qué?—responde el preguntado, con voz y gesto de repugnancia.

—¡Pues vengan esos cinco!—exclama el hombre de los andrajos. Y avanza resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas ocultas por el bardal.

Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia; y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.

El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se sienta también.

—Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,—dice al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su chaqueta.

—¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!—grita Gedeón hecho una lumbre y poniéndose de pie.—¿Qué es lo que viene usted buscando aquí? ¡Pronto!

—¡Calma, amigo mío, calma!—replica el otro con mucha sorna,—que no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.

Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.