—Mire usted, hombre—replica Gedeón dejándose caer en la butaca:—si me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy capaz hasta de escucharle sentado.
—De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.
—Pues vaya usted cumpliendo su promesa.
—Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.
—Fácil es eso.
—Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...
—Siga usted, pero sin comentarios.
—No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte... ¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...
—«De mis juveniles años.» Adelante.
—Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.