—¿Cuál?
—Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!
—¿Quiere usted proseguir, señor... artista?
—Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza, llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el firmamento estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol del mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! parece que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...
—«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?
—Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se corresponden nuestras concomitancias respectivas!
—Menos en un punto, señor Judas.
—¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?
—En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar, y la de usted se empeña en todo lo contrario.
—Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu, contemplando séase el firmamento estrellado...