—«Séase las estrellas del firmamento...»
—Séase el sol del mediodía.
—«Ó séase el amanecer de la mañana.»
—Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de pensamientos, digásmolo así, entre los dos.
—Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso. Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas.
—Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico así lo que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, á la misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por los aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene, preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don Gedeón, que pasa ella por delante de mí.
—¿La estrella polar?
—No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un pedazo de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese acento, digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió su fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!
Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el laberíntico discurso del artista Judas.
Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando los bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la violencia en que se halla su ánimo.