—De manera que usted es...—dice, sin saber lo que se dice, pero con la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso.

—¡El padre de Solita!... es decir, tu padre político, que te abre sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.

Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en ellos.

Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.

Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos:

—Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la circunflexión de usted. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo así, respetivo y atento.

Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree que le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay que averiguar eso á todo trance.

Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á risa los extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le pregunta qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se refiere.

El remendón se sienta y continúa hablando así:

—Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía, seguí sus pasos, determinado á que no se escapara ya de mis visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi persona: de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás. Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre en cuanto á finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á la casa en que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay, qué señora aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan, siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí sin tropiezo...