—Y ¿qué más?—pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una bomba.
—Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte entre sus brazos...
—¡Y qué más?
—Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo, á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele y agasájale con qué se alimente y dé á sus arrugas venerables el resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.
—¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!
—¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento corporal, y hasta las del necesario descanso.
—Y ¿nada más?
—Por ahora...
—Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!—grita Gedeón con los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;—ni yo te he parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte otra palabra más.
—Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita—dice Judas entre admirado y malicioso,—¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo no se lo he dicho?