—Lo sé—replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos furioso,—porque... ¡porque lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra cosa!

Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y, arrojándolas sobre la mesa, añade:

—Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.

El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas; y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice fingiéndose conmovido:

—Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas, como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre, perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»

Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con ademán resuelto:

—Enseñe usted la puerta á este hombre.

—¡Son cuentas de familia, señora!—dice Judas á Regla cuando la ve á su lado, y mirándola con cierto desdén.

En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é iracundo:

—¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!