—¡Muy de prisa!

—¡Ingrato!

—¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo que te he preguntado.

—No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus furores.

—Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que me empalagan.

—Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se entere de ellas antes que tu corazón.

Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.

De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa:

—¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido, para no verme en estos trances afrentosos!

Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un incendio debajo de la levita.