Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco el dolor del testerazo que le ha correspondido.
El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á su amigo Herodes.
—¡Conque eras tú!—exclama admirado.
—¡Gedeón!—responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.—¿De dónde diablos bajabas tan de prisa?
—¡De arriba!—contesta Gedeón, palpándose la frente.—Y á tí, ¿qué demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?
—Iba á subir.
—¡Ya! pero ¿á qué?
—Á... hacer una visita.
—¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!
—¿No las haces tú también en ella?