—Es verdad, hombre.
—¡Menudo coscorrón me has dado!
—¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí, que voy algo de prisa.
—En efecto.
—Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.
—Lo mismo digo. Hasta la vista.
Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no sea exagerada la comparación.
Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera arriba con aire tranquilo y reposado.
Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.
Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro; porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede, y muge y aporrea.