Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar estos propósitos... si le quedaba lo otro por liquidar? Y lo otro es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además, Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.

Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas, han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia, si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de «señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer, única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este lado pagados están ambos también. ¡Pero por el otro!... ¡Vamos, eso sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar con!... ¡Horror, mil veces!...

Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?... Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...

Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,» esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se huye de lo que mancha y desdora?

¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros muchos más.

Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la infame tan largo rato.

Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus dudas...

—Porque ¡tendría que ver—concluye,—que un hombre como yo diera una campanada de esas, y la diera en falso!