—Pues hay, señorito—contesta Regla, torciendo y estirando entre los dedos un pico de su manto,—que he ido á buscarle y que... aquí está.
—¿Quién?
—Merto.
—¡Merto?
Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.
—¡Calla, condenado animal!—exclama Gedeón con gesto avinagrado y largando un castañetazo al ratonero.
—¡Guaaayyy!—late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.
Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.
¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán pedirle cuentas de él el día menos pensado?
Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á Gedeón, dice: