—Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más... ¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!

—¡Yo!—exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de semejante criatura.

—Me parece...

—Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?

—Le he traído ya.

—¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?

—Eso he querido decir á usted.

—Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.

—¿Lo oyes?—dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á su hijo enfrente de Gedeón.

Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca de las fauces.