—¡Conque estabas tan cerca?—dícele Gedeón con sequedad al verle.—Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu madre.
—Se escondía—replica ésta,—porque está muy avergonzado de lo que ha hecho...
Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,
—¡Largo de aquí!—dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de su hijo.
Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto.
—¡Habrá destino más perro que el mío?—exclama de repente Gedeón, levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.—¿No es una burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa? ¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!
Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella vomitando maldiciones.
Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que ha costado un triunfo impedirle que suba.
—¡Haberle roto el bautismo!—ruge Gedeón marchando hacia la calle.
Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha resentido la rodilla y no puede correr.