Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.
Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo, sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad de su sonrisa en aspereza y rigor.
Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!
Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de ésta, á lo otro; de lo otro, á Herodes; de Herodes, á él; de él, á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle.
Felizmente no está en ella el remendón.
¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar con Solita de lo otro, y hasta la del riesgo que corre de dar una campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas horas há; y entra.
Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y aparece Solita con una jícara en la mano.
—¿Dónde estabas?—la pregunta azorado.
—Sacando los garbanzos para mañana,—responde Solita muy serena.
—¿Á ver?—añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.