Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.
Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta, y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato departamento.
—Pero ¿qué diablos buscas?—le pregunta Solita, que va siguiendo todos sus pasos.
—Busco—responde el preguntado, algo arrepentido ya,—la... petaca que se me perdió esta mañana.
—¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...
—¡En el infierno!
Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.
De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían mucho más.