XXV
EL ALMA DE JUDAS
¡Al fin, dí la campanada!—exclama en la calle.—Fortuna que Solita no me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas calles como por las de mi barrio.
Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.
Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está haciendo.
—Esto es—dice para sí,—ni más ni menos que una explosión de celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola después loca por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor propio. No nos duele la pérdida de la mujer poseída; nos duele que se vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias, no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy arrastrada que yo traigo!
Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la rodilla le va doliendo cada vez más.
Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que por la mañana con Herodes en el portal de Solita.