El transeunte es el sempiterno tío Judas.
Gedeón se estremece al conocerle.
—¡Hijo de mis entrañas!—exclama el zapatero al encontrarse con él.
—¡Mal rayo te parta!—contesta el otro.
—Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...
—¡Al infierno, remendón infame!
Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á complacerle.
El zapatero se le pone al costado.
Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos. No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con gravísimo riesgo para el apaleador.
El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara de su pariente, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y continúa diciéndole: