—Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no llevo prisa...
Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido. Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice... malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto; pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco? Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro remedio que oir, devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.
Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita, contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:
—Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo? Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni «lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la que nos esperaba!
En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.
—¡Adiós!—le dice éste á gritos.—Dispensa que no te acompañe... voy con mi hijo político.
El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el estómago.
Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:
—Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una desvergüenza...
Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al público:—«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado, como pudo pegarse á ustedes.»