Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del atribulado se prolonga.

En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve á decir á media voz al zapatero:

—¡He de verte las entrañas, miserable!

—¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te consolarán esas desaguaduras!

Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos:

—¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!

Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto, rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la muerte.

Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le mata en el camino!

En tanto, continúa vociferando el otro:

—¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy, sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante!